En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Así crea los cielos y la tierra en seis días, luego descansa, bendice y santifica el séptimo día. Esa es la creación del mundo. Lo primero fue el verbo, lo que permitió luego al hombre nombrar las cosas. Múltiples teorías se apropian del origen del lenguaje y no es tema a discutir en estas líneas, pero sí es importante que quede claro que esa capacidad de comunicar nos lleva a crear códigos que compartimos con nuestros semejantes en la circunstancia que sea, pues como dice Rousseau, en su ensayo sobre el origen de las lenguas, mientras exista un medio de comunicación por el cual uno pueda actuar y el otro sentir, llegarán a comunicarse la cantidad de ideas que posean…
Y así tenemos códigos, sistemas de signos, que inventamos para poder comunicarnos: lenguaje, gestual, verbal, en fin. Entonces pasamos a la escritura, era imperativo dejar testimonio de la oralidad, luego se impuso la imprenta, para reproducir los escritos importantes. Luego años y años después la internet, una red de computadoras distribuida por el mundo para transmitir información y que conecta el mundo al hombre. Y así llega la web una gran colección de páginas que está en esa gran red de computadoras. Ya todo eso me maravillaba y me asustaba. Al comienzo esa evolución me parecía interesante. Fui, de mi generación y mi área de desempeño, de las primeras que quería estar siempre a la vanguardia de esas modernidades, pero sin tener tiempo de darme cuenta del salto cuántico que se aproximaba llegó la web 2.0 y allí me paralicé. Ya no era el mundo de la web, era la sociedad donde vivía, era mi mundo de interacción, era –a mi entender- mi privacidad que desaparecía poco a poco ante la avalancha de las redes sociales…
He sido tímida y cobarde para conocerlas, mucho más cuando un día por la red researchgate, a la que nunca me conecté, me preguntan si X artículo era mío, respondí: Sí, y me sigue mostrando otros artículos de mi autoría…. Eso lo percibí como un abuso de la privacidad, pues cada quien tiene su manera de ser y yo soy una persona que quiero ser discreta. Parece que es un error hoy en día. Pues vivimos la época de mostrar, mientras más muestro, más soy… Eso es lo que percibo. Hoy entendí que sin darme cuenta pasé a ser parte de la inteligencia colaborativa.
Cuando en la clase del jueves escuche: “el centro de la evolución de la humanidad está aquí”, o sea en las redes sociales, entendí que vivía al margen. Y digo al margen porque alguna vez abrí Facebook, nunca lo utilicé y decidí cerrarlo. Abrí Instagram y confieso que lo utilizo solo para obtener información sobre algo o alguien, nunca posteo nada. Tengo whatsapp, que uso regularmente. El uso de whatsapp ya me parece demasiado tiempo y me pregunto si podré con más redes.
He colaborado con varias personas y empresas redactando contenido, pero solo eso. No sé hacer en este ámbito nada más que no sea escribir para las redes o páginas web. Sentía una urgente necesidad de ponerme al día y por eso me inscribí en este curso.
Confieso que me dan miedo las redes, pero se han convertido en un reto que quiero asumir.
Haber escuchado la primera intervención, la primera clase del amigo Cheo Silva, ciertamente que me permitió hacer grandes distinciones, en mis limitados conocimientos sobre las redes. Conocer las estadísticas de los usuarios me impactó enormemente, pues tal parece que estamos en las redes o no existimos. Mi gran preocupación es cómo protejo mi vida, si todo se sabe en las redes. ¿Cuánto debo publicar?
Esta reflexión es un ejercicio de postura ante este gigante que está a mi alrededor y no sé cómo enfrentarlo. Esa es la razón de mi interés en este curso.
Quiero terminar mi reflexión con una interrogación: ¿será este EL medio de comunicación que unirá a la humanidad?
Comentarios
Publicar un comentario